"Muchas veces, el "pensamiento creador" lo practican precisamente quienes temen al mundo tal como es, con el fin de cambiarlo de acuerdo con sus deseos. Es un error, pues el mundo tal como es, es el que necesito. Lo he creado para eso. Si quiero cambiarlo, es que lo rechazo y por tanto no lo amo. En estas condiciones, lo necesito para desarrollar mi amor, y por tanto voy a reproducirlo en cada instante de forma más o menos parecida. Esto es lo que hace que el mundo parezca no evolucionar y que los grandes problemas subsitan, o que nos hallemos regularmente ante los mismos obstáculos o situaciones. No hemos sabido amarlos.
Una vez ha amado al mundo, uno puede hallarse libre de crear otra cosa. Mientras no lo integre, no podrá cambiarlo. ¿Cómo se puede llegar a amar esos acontecimientos, esos obstáculos, o todo lo que nos parece indiferente o inútil? Porque ése es el verdadero problema. En mi universo hay muy pocas cosas que amo profundamente. El resto me deja indiferente o me molesta. Sin embargo, si yo fuera yo mismo, nada me sería indiferente: amaría todo apasionadamente, sería la fuente infinita de amor, ese surtidor de luz que aspiro a ser.
Así que he de recurrir a mis certezas metafísicas. Sé que esas cosas que me parecen indiferentes o desagradables son de hecho las que más necesito. Comprender que son ellas las que necesito PARA SER, para ser uno mismo, para existir como hombre y manifestar nuestra divinidad, es el primer paso hacia ese amor infinito.
Miremos alrededor de nosotros: esa lámpara, esos muebles, esos árboles, esos viandantes. ¿Se imagina uno tal vez que están ahí de todos modos, indiferentes a quien los mira, que por tanto se siente indiferente hacia ellos? Pues bien, todo lo contrario. Esas cosas y personas sólo están ahí para uno. No tienen otra razón de ser que permitir la realización espiritual del que observa. Uno se ha situado en este entorno porque es el que necesita infinitamente. No tiene ninguna otra razón de ser. Todas esas cosas le dan la vida y la ocasión de evolucionar. Sin ellas, uno no podría ni siquiera respirar, ni siquiera pensar, ni siquiera ver. Ellas le dan la vida. Uno no podría ser lo que es si cada una de ellas no fuera exactamente lo que es, allí donde está.
Quien ha comprendido la metafísica ya no se dice: "Soy Dios todopoderoso, y todo esto lo puedo cambiar con un guiño para mis adentros". Eso es lo contrario de la fuerza. Quien así piensa, no es fuerte. Tiene miedo. Miedo de este mundo y se protege. No es fuerte porque no tiene el valor de arriesgarse a morir, a sufrir, a desesperarse, perdiendo por ello una de esas cosas que más necesita, y entonces prefiere no tener necesidad de nada.
Quien es realmente fuerte, por el contrario, es el que reconoce que necesita todo y cada uno. Que sin el otro, él no es nada, que sin todas las hojas de los árboles está perdido. Para quien la hormiga que le hace cosquillas en el dedo gordo del pie es una bendición infinita sin la que no podría ser él mismo. Todo me da vida. Todo es la condición de mi existencia. Nada en este universo ha sido creado inútilmente, he creado todo porque sin todo eso no soy. La verdadera fuerza está en reconocer esa necesidad ilimitada de todo y de todos, tal como son"
Frank Hatem